Boris Palma Díaz
 
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El libro, el tunel y los jazmines

Ya era tarde. Los candelabros de la antiquísima biblioteca resplandecían opacamente entregando una luz amarilla crepuscular amable y sosegada. El bibliotecario había cerrado las puertas del recinto sólo unos pocos minutos después de que se retirara un hombre de traje negro, camisa blanca y corbata verdosa que hojeaba y olía los libros incesantemente. Un silencio reposado se suspendía en el aire. La noche era tan similar a las otras noches, los mismos libros en los mismos estantes, las mismas sillas ocupando las mismas mesas circulares que se mantenían desde la inauguración décadas atrás. Sólo algo le resulto diferente al bibliotecario, un libro distinto en el mueble de la pared. Era un ejemplar antiquísimo, prolijamente empastado, sus tapas color caramelo mostraban un dibujo en relieve de un valle profundo y cautivante. Las hojas eran de un color de amarillo intenso olor a jazmín, grabadas con letras oscuras de algún dialecto desconocido. Tal libro nunca estuvo allí, el abuelo intrigado trataba de recordar y analizar el inventario, una y otra vez llegaba la conclusión misma: ese extraño libro no formaba parte del registro. Cuando lo tomo del mueble sintió un pequeño estremecimiento en el piso de la biblioteca, el mueble crujió, se desplazo levemente hacia la izquierda. Una luz relampagueante de color verde escapo des de atrás del mueble como  si saliera de la misma pared de concreto. El hombre se perturbo, con un esfuerzo implacable logro desplazar el pesado mueble y mirar atrás de él,  una elegantísima cortina sedosa cubría el espacio del mueble en la pared, en ella estaba bordada la imagen de un imponente y grandioso árbol  tras unas lóbregas murallas. El bibliotecario no se detuvo mucho en la belleza  insinuante de la imagen, levanto la cortina, tras esta encontró un agujero hexagonal que profundizaba en las entrañas de la pared. Cuando miro por su boca ancha sintió  de inmediato el mismo olor a jazmín de las hojas del libro. Ni siquiera se do cuenta cuando ya se hallaba ingresando en el túnel, camino en línea recta por unos cuantos minutos hasta que se topo con una puerta, en la cerradura estaba la llave como si lo esperara desde hace tiempo impaciente. Cuando abrió la puerta sin ninguna dificultad, una luz blanca de alborada lo recibió centelleante y poderosa. Al salir del túnel vio delante de él el dibujo de las tapas del libro materializado en un abismal valle sembrado en jazmines. El cielo resultaba de un color amarillento y flameante como las llamas de una hoguera al aire libre. El abuelo camino por un sendero tejido entre las flores mientras pequeñas luces esféricas discurrían por todos lados.  El sendero lo condujo finalmente a una silla mecedora tallada en roble, se sentó en ella para hallar en el descanso la comprensión a cada uno de los sucesos que estaba viviendo. Una briza con gusto a miel paseaba por cada rincón del verdoso lugar. De repente notó en las alturas que bajaba en presurosa carrera un gallardo león de cabellera oscura, el felino siguió corriendo hasta llegar delante de él. Cuando estuvieron frente a frente, el animal abrió su magno hocico……

En la mañana el bibliotecario despertó tendido sobre el mesón en el cual atendía en la biblioteca, junto a él había un pañuelo de seda, un jazmín y un gato lamiéndole el rostro.
 
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